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Maruata

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Indice del artículo
Maruata
Camino a la costa
El mar de Maruata
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Entre comida con sabor a mar, con calor de costa y atar­deceres de fábula, la misión de pasar unos buenos días de descanso en las playas de Michoacán es —sin duda— una excelente opción para vacacionar, acampar y divertirse, ya sea con la familia, la pareja o los amigos. La encomienda de nuestro viaje era pasarla “a todo dar”, por lo que seguimos las sugerencias de varios amigos y fuimos a visitar la playa de Maruata: lugar de sol, playa y descanso.


Tomando como punto de partida la ciudad de Morelia, Mich., y sitio de reunión para encontrarnos con nuestros amigos de Guadalajara, Jalisco, salimos por la carretera de cuota hacia Lázaro Cárdenas; una vez ahí tomamos la ca­rretera costera con dirección a Playa Azul, comienzo de la costa michoacana. Desde Playa Azul recorrimos la carretera federal 200, que se despliega a lo largo de la línea costera michoacana, entre los estados de Guerrero y Colima, bordeada por mi­llares de cocoteros, mangos, papayos y plá­tanos, conduciendo a enclaves paradi­siacos surcados por garzas, palomas, gaviotas y pelícanos.

Y es que conforme avanzábamos des­ cubríamos que el paisaje marítimo mi­choacano resulta incomparable: playas, caletas, bahías, esteros, barras, peñascos, acantilados, parajes donde se unen el mar y la montaña, todo ello enmarcado por una vegetación exuberante. Un sinfín de playas para todos los gustos y necesi­dades: de suaves y acariciadoras aguas, idóneas para familias con niños, pasando por playas vírgenes en las que puedes pa­sar agradables momentos con amigos, hasta aquéllas de fuerte oleaje, aptas para el surfing.

Después de un fascinante trayecto en carretera (dos horas desde Lázaro Cárdenas), llegamos finalmente, muy entusiasmados y con bastante hambre, a nuestro destino: Maruata. Para arribar a la playa hay que salir de la carretera costera, tomar un camino de tierra que cruza un pequeño pueblito y que finalmente te conduce al mar. Al llegar a la playa, la recompensa: una hermosa extensión de arena de un par de ki­ló­metros, con aguas color azul turquesa y frente a la playa unos islotes moldeados por la fuerza del mar. Además, el lugar está rodeado de acantilados y cultivos de coco, mango y plátano, que la hacen todavía más increíble. Aquí la temperatura media anual es de entre 27 y 32ºC, por lo que todo el año es un paraíso.

En esta playa habitan pescadores, todos ellos nahuas, quienes son muy agradables, por lo que el buen ambiente con la gente de la comunidad es algo que se siente desde que uno llega. Incluso, si te pones de acuerdo con algunos de ellos es posible acompañarlos a pescar o si llevas tu caña puedes rentar una de las lanchas y pescar por tu cuenta, ¡qué experiencia!

 

 

 

 

 

 

 

 

La comida en Maruata no es muy ela­bo­rada pero sí con mucho sabor de antaño ya que la prepara, normalmente, la señora de la casa, lo que le da un rico sabor a comida casera, con filetes a elegir entre huachinango, mojarra o lisa, caldos, pes­cadillas y demás guisados y platillos hechos a base de todo tipo de pescados, con el buen sazón logrado con alguna hierba del monte. Las pescadillas son una especie entre empanada o quesadilla hecha a base de pescado, ¡muy buenas! No dejes de probar el platillo estrella del lugar, la langosta recién sacada del mar, con tortillas hechas a mano en comales de barro. Les aseguro que pronto verán estos manjares como platillo de un restau­rante de lujo.

Maruata está conformada por tres playas, en todas ellas es posible acampar. Las enramadas al lado de la playa son el lugar ideal para este fin ya que se ob­ tie­ne una buena sombra, con vista de primera fila al mar, además de poder colgar tu hamaca o de plano rentarla, aunque lo mejor de todo es el arrullo del mar por las noches, ya que uno duerme a escasos veinte metros de él. ¡Ah! y sin dejar de mencionar la contem­plación de maravillosas puestas de sol, donde la arena y el agua se llenan de reflejos dorados.

La guía de bolsillo que llevábamos, in­dispensable en cualquier viaje, daba dos significados de la palabra Maruata: uno purépecha, que significa “donde hay co­sas preciosas”, y otro náhuatl, que sig­ni­fica “tortuga de mar”. El nombre no podía ser más apropiado ya que, aunado a la belleza del lugar, los pescadores nos platicaron que en casi toda la costa de Michoacán llegan a desovar miles de tortugas marinas y en Maruata se puede observar a la tortuga negra entre los meses de agosto a enero. No por nada la zona de Maruata y hasta playa Colola son consideradas como Santuarios Naturales por la Comisión Nacional de Áreas Natu­rales Protegidas (conanp).


El mar es genial ya que en realidad es una gran alberca con fondo muy bajo de piedras, por lo que sacar nuestro kayak e ir a “snorkelear” son cosas que sin duda todos los días quisiéramos hacer aquí. Con tan sólo sumergirse en las aguas templadas uno puede ver gran cantidad de peces, crustáceos, moluscos y uno que otro coral negro.

El mejor lugar para el snorqueling es el lado derecho de la playa en la isla de enfrente, en la cual existe una cueva de unos 17 metros de largo y ocho de altura en su zona más alta, aunque en el lecho marino se extiende su profundidad a más de seis metros, ésta se ve desde la playa y es sin duda un reto el pasar nadando por en medio de ella. La isla está aproxima­damente a 600 metros a nado de la playa, por lo que te recomendamos ser un buen nadador o utilizar chaleco salvavidas; siempre checa que el mar esté tranquilo antes de meterte. Si no le das mucho a la nadada, no te alcanzará el tiempo para recorrer la pla­ya y admirar las formaciones rocosas que, como un artesano, el mar moldea día tras día.

Después de acampar tres noches en Maruata y ya con las pilas bien cargadas de sol, tranquilidad y descanso, decidimos regresar no sin antes visitar las demás playas que se encuentran de regreso a casa, lo que nos dio como resultado co­ nocer la bien recomendada playa surfer de Nexpa, situada más al sur de Maruata y próxima a Playa Azul y Lázaro Cárdenas.

Sobre la carretera nos encontramos con uno de los tantos campamentos tortugueros de la zona en donde nos detuvimos un rato para andar de preguntones. La gente de los campamentos es testigo por la noche de todo un espectáculo de sentimiento y lucha por la vida al liberar a miles de tortuguitas, recién salidas de sus huevos, en las olas de la noche, para darles más oportunidades de vida a las diferentes especies de tortuga que aquí protegen (Golfina, Negra y Laúd) de sus depreda­dores, en especial de la especie humana. Previamente, los huevos de las tortugas son recolectados de los nidos y trasladados al campamento para pro­tegerlos y, posteriormente, una vez naci­das, liberarlas. Si tienes la oportu­ nidad no te pierdas esta experiencia. En temporada, por lo general en el segundo semestre del año, podrás ver llegar a las grandes tortugas que vienen a depositar sus hue­vos a la playa, participar en su recole­cción con la asesoría de la gente de los campamentos y liberar a las re­ cién nacidas.

Continuamos nuestro camino hacia el sur de la costa y al llegar a Nexpa nos sorprendió lo profesionalizado del lugar ya que cuenta con restaurantes, tiendas de abarrotes muy bien surtidas, zonas de campamento establecidas, además de cocinas, baños y todos los servicios, pero no sin perder su encanto de pueblo playero.

Nosotros nos instalamos con doña Ma­ go, quien se encuentra al lado de la pri­mera tienda del pueblo, aquí conocimos al Flaco, un nativo muy buena onda con un estilo de vida fuera de serie, él vive aquí al lado de la ola, dedicándose a la renta y compostura de tablas y a dar clases de surfing en tiempo de vacaciones; cuando el turismo baja y no hay clientes sólo saca su red de pescar y listo.

Todo un reto fue conocer al Flaco ya que con su carisma y buena disposición en menos de media hora ya estábamos dentro del mar cazando la primera ola y tomando las primeras lecciones de surfing. La práctica hace al maestro, por lo que lo mejor es dedicarle varios días al entrenamiento del arte de deslizarse sobre las olas, lo más recomendable es contar con dos semanas de continuidad para comenzar a deslizarse bien, según la filosofía de nuestro instructor de surf.

Las noches aquí en Nexpa son agrada­ bles y con un buen ambiente al encontrarse aquí surfistas de todos lados del mundo que visitan esta playa famosa en el ambiente surfista internacional. También aquí algunos practican el kite surf, ya que el aire sopla bien aunque nos comentan que el mar aquí es muy bajo, por lo que hace la práctica más difícil y técnica al arriesgar en la caída de cada salto, pues uno nunca sabe sobre qué va a caer.

Nos despedimos de Nexpa y de la costa michoacana, prometiendo regresar el año entrante a recargarnos de energía y a co­nocer nuevos amigos y playas de las mu­chas que existen en esta bella región.

 

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