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Luis Álvarez: 100 Ironman y otros récords

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Entró a la sala y el tiempo cambió de ritmo. Luis Álvarez, hombre alto y esbelto, llegó a la sala de conferencias con una sonrisa amplia y un elegante traje a rayas. Dejó su mochila sobre la mesa, y al sentarse, la manga de su saco se movió, revelando cuatro pulseras de Ironman y una de San Judas Tadeo.

Con su presencia, la energía del cuarto cambió de intensidad y dejó el letargo de la hora de la comida para dar paso a un vigor capaz de alargar los minutos. En la sala de conferencias, alfombrada y fresca, amueblada con una mesa larga y sillas giratorias, la pasividad se había acabado.

 

–Soy ingeniero, Director de SAG-MECASA, y triatleta de hobby–, dijo Luis, exitoso empresario de 51 años que hoy dirige una compañía méxico-holandesa de presencia global, productora de partes para la industria automotriz y la fabricante número uno de tanques de combustible a nivel mundial. También ha sido presidente del Consejo Automotriz de CANACINTRA, consejero de la Industria Nacional de Autopartes, y miembro del Club Reforma. A pesar de su saturada agenda, no dejaba de ser irónico que el triatlón fuera un pasatiempo para el único ser humano que ha completado, por lo menos una vez, todos los Ironman del planeta.

 

Desde el fondo

La página oficial de Ironman lo llama leyenda. Ha corrido 99 de estas competencias en todo el orbe. Pero esta historia tuvo, posiblemente, el prólogo más improbable de todos.

 

–¿Hace cuánto te iniciaste en el triatlón?–, pregunté.

 

–En 1986. ¡Uy, no quiero ni hacer la cuenta! Ya va toda una vida–, contestó expresivo, abriendo los ojos con sorpresa al darse cuenta de que habían pasado 27 años desde su primera competencia.

 

–¿Por qué empezaste?

 

–Porque toqué fondo–,dijo.–Tenía 24 años, pesaba 94 kilos, no hacía nada de ejercicio y había fumado desde los 12 años. Estudiaba en el Tecnológico de Monterrey, y un día, en una clase especial, nos hicieron caminar 5 kilómetros alrededor de la pista de tartán; fui el único que no pudo terminarlos. Algo tenía que cambiar.

 

“Mi primer reto fue terminar los 5 kilómetros caminando. Luego, entrenando, me aventé una carrera de 5km y después otras de diez. En el 85, escuché sobre una disciplina llamada triatlón, que todavía ni siquiera se practicaba en México. Entonces nos fuimos a Laredo. Compré una bicicleta un día antes, aprendí a andar ese mismo día, durante la competencia se me salió la cadena, y a pesar de todo, quedé en tercer lugar de mi categoría. Ahí fue cuando dije, este es mi deporte”.

 

Luis, que nunca fue un corredor sobresaliente, se enamoro del triatlón y compitió en todos los que pudo durante los años siguientes, la mayoría de ellos en Estados Unidos. Aquel joven con sobrepeso y, al parecer, ninguna aptitud atlética, había comenzado una transformación radical.

 

–En 1991, escuché del Ironman–, continuó. Bebió un sorbo de agua de la botella que tenía en frente y siguió animado.– Se me hacía un verdadera locura. Sólo estar sentado en una bicicleta por tanto tiempo ya era un reto. Además, en México nadie sabía entrenar para eso, así que con unos amigos nos pusimos a practicar como pudimos y nos fuimos a Hawái

 

En aquel entonces, había tan pocos competidores de esta modalidad del triatlón que no era necesario calificar al Campeonato Mundial de Kona. Prácticamente cualquiera que mandara su solicitud tendría un lugar en la línea de salida.

 

–Tuve la suerte del que el primer Ironman que corrí fue en Kona. Había 100 lugares internacionales, y cualquiera que quisiera ir, entraba. Me fui con varios amigos, quienes ya habían corrido algún Ironman, y que en las otras competencias en las que habíamos estado me arrastraban. Pues ese día hice 10 horas 58 minutos, y le gané a casi todos ellos. De aquí soy, pensé. Como en esa época eran apenas ocho Ironman en todo el mundo, me puse la meta de correrlos todos.

 

Sus palabras y expresiones emanaban una vitalidad poco común. Desde su manera de hablar era perceptible que Luis vivía al doble de revoluciones que la mayoría de las personas. En circunstancias poco probables, descubrió un deseo de superación personal y de alcanzar metas cada vez más ambiciosas.

 

–Las pequeñas satisfacciones me fueron llevando–, dijo. –Hoy soy el único que ha corrido todos los Ironman que existen.

 

Cómo comerse el mundo a retos

 

Luis se levantó la manga para enseñarme las pulseras de colores que circundaban su muñeca derecha. Suecia, Canadá, Japón, Lake Tahoe, cada una pertenecía a un Ironman distinto en el que había participado. Se habían realizado en tres continentes diferentes, en climas dispares, con competidores distintos, pero todos tenían algo en común: se celebraron el mismo mes.

 

–Antes hacía dos, tres o cuatro Ironman al año. Desde hace cuatro años le he ido subiendo y hago 12, 13, o 14, llegando a hacer tres o cuatro el mismo mes. Estas son las de septiembre–, dijo señalando las pulseras. –Ahorita no me las quiero quitar hasta Hawái.

 

–¿Cuándo surgió la idea de correr todos los Ironman del mundo?–,  pregunté.

 

–Cuando corrí mi primer Ironman, esta competencia era muy nueva y había apenas 8 en el mundo. Entonces dije que los iba a hacer todos, además era una buena excusa para viajar. Me tardé algunos años porque se iban agregando otros, pero hoy soy el único que los ha hecho todos. Es más, nadie más podrá decir esto porque hay varias carreras que ya desaparecieron.

 

El Libro Guinness de los Récords lo constata. Luis Álvarez es el único que ha completado todas las carreras para “hombres de hierro”. Cada vez que una nueva competencia se agregaba al mapa, Luis estaba en primera fila. Las carreras se fueron sumando, y hace algunos años se puso una nueva meta: redondear los números.

 

–Este año, en el aniversario número 35 del Campeonato Mundial de Kona, correré mi Ironman 100–, dijo con una sonrisa que delataba el orgullo que sentía por su hazaña.

 

–Ya que tienes tantas competencias y tantas metas conseguidas ¿qué es lo que te motiva a seguir corriendo?

 

–Hace poco descubrí que hay alguien más que tiene 100 Ironman, y entonces me puse como meta alcanzar ese número. Estamos en un grupo de élite y eso automáticamente te motiva a esforzarte para seguir en ese círculo. El otro reto es calificar cada año. Ya voy por mi doceava participación en el Campeonato Mundial de Hawái, que ya es decir mucho.

 

“Ahora quiero ver qué más puedo hacer. Estoy escalando las montañas más altas de cada continente, el Grand Slam del alpinismo, pero estoy haciendo cada cumbre en la misma semana de un Ironman y en la tercera parte del tiempo en el que se sube normalmente”.

 

Impulsado por una especie de monstruo interno de autosuperación, escaló el Kilimanyaro en la misma semana del Ironman Sudáfrica, el Elbrus en la misma semana del Ironman UK, el Kosciuszko en la misma del Ironman Australia, y el Mont Blanc en la misma semana del Ironman Frankfurt.

 

En su actitud segura, sus ademanes resueltos y expresión alegre quedaban ancladas sus palabras que hablaban de superar murallas enormes. Luis Álvarez es alguien acostumbrado al éxito.

 

–Después de tantas metas conseguidas ¿qué sigue en tu lista?

 

–Sonará exagerado pero mis próximas metas son: el Canal de la Mancha, el Maratón de Sables, en el Sahara, el Maratón de la Muralla China, el Campeonato Mundial de Kona, y el Monte Éverest, todo el mismo año.

 

El arte de prolongar las horas

 

El rumor del aire acondicionado era el único sonido en la sala. El ruido de la ciudad estaba tres pisos abajo, excluido de la habitación de la mesa oval de madera. De ese caos había llegado Luis Álvarez, moviéndose más rápido que el resto del ambiente urbano.

 

Director de una gran compañía, atleta de élite, presidente de cámaras de comercio y consejos empresariales, y padre de familia, parecía disponer de días más largos que el resto de nosotros.

 

–No sé el tuyo pero mi día tiene 48 horas–, me dijo bromeando. –Me levanto a las 4:30 horas. Tengo conferencias con mi gente en Austria. A las 6:00, entreno una hora y me voy a trabajar a las 7:00 horas; llego a la oficina en 10 minutos (tengo moto para ahorrar tiempo). Al medio día no como, me llevo un sándwich en la mochila, y me voy al gimnasio. A las 15:00 horas ya estoy de regreso y trabajo hasta las 19:00 horas. Luego tengo conferencias con CANACINTRA, INA o SAE. Llego a la casa a las como a las 21:00 horas en calidad de bulto, contesto los últimos mails y me voy a descansar para comenzar el siguiente día.

 

El ritmo era vertiginoso. Sus palabras y pequeños golpes a la mesa transmitían un ritmo de vida que podría desquiciar a muchos.

 

–¿Cuál es tu régimen de entrenamiento?–, pregunté.

 

–Casi no entreno. Hago entrenamientos inteligentes que sean muy eficientes, pero cuando corres un Ironman cada fin de semana casi no hay mucha forma de entrenar. Si tengo tiempo hago mis rutinas de mantenimiento. Ahorita el objetivo es cantidad no calidad. De cada diez Ironman en los que participo, compito en 1, es decir que en la mayoría mi objetivo es llegar a la meta, no hacer el menor tiempo posible.

 

–Si el triatlón es un hobby ¿cómo te definirías?

 

–Como un apasionado. El Ironman no es una competencia, es un estilo de vida. Tratas de adaptar tu entorno al triatlón, jalas a la familia, a la novia a los amigos. Aún así tienes que definir tus prioridades, por ejemplo, no está entre mis planes ganar un Campeonato del Mundo, tendría que cambiar quien soy para lograrlo.

 

Luis se hizo famoso por su perseverancia. Si bien no ha ganado ningún Ironman –ganó el Ironman Revisited, un recreación del primer Ironman de la historia, aunque no era una carrera oficial– sí ha estado en el pódium en varias ocasiones. Cuando se lo propone, sus tiempos amenazan a los mejores del mundo. Aún así, su fuerte sigue siendo estar entre los que más veces han llegado a la meta.

 

–¿Cuál es el triatlón que más recuerdas?

 

–El Ironman de Arizona. Al tirarme al agua caí en piedra, me esguincé los dos tobillos y me volé una planta del pie. Intenté seguir pero sabía que era casi imposible que lo terminara. Hice la natación y luego la bici. Con los pies deshechos, caminé el maratón en ocho horas. Llegué casi cuando estaban cerrando la meta pero acabé el triatlón.

 

Esa es la clase de proeza que ha puesto a Luis Álvarez en el lugar que está dentro de la historia del Ironman. Pero no solo se a colocado en los libros de récords, ha hecho legado.

 

–Entre todas tus victorias ¿Cuál es tu mayor satisfacción personal?

 

–Compartir el deporte con mi hijo. Un día me preguntó si podía hacer un Ironman conmigo, y este año correré el Campeonato Mundial con él. Tiene dieciocho años, y va a ser el más joven de la historia en correr en Kona. Va a ser su uno y mi cien. Es extraordinario que lo vayamos a hacer juntos–, me contó notablemente orgulloso.

 

El triatlón es solo una faceta en una vida tremendamente intensa. “Todo lo que tenga adrenalina”, contestó cuando le pregunté qué otros deportes practicaba, los cuales incluyen el paracaidismo. Sin embargo, la vida de atleta refleja la pasión con la que vive todos sus otros roles, de empresario a padre de familia. Más allá de un ser triatleta extraordinario, Luis Álvarez es una muestra de cómo exprimir el reloj hasta sacarle un elixir de objetivos cumplidos y muchos kilómetros de vida.

 

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