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“Camino a Kona”

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Todo comenzó a principios de 2011. Cada temporada me gusta ponerme retos nuevos, y en ese momento empezó el boom por los Ironman, sobretodo por tratar de calificar al mundial que se celebra en Kona (Big Island, Hawaii) todos los años. Además ya me había cansado de que todo mundo te pregunta lo mismo: ¿Ya hiciste un Ironman?

Finalmente decidí intentarlo, pero quería que mi primer Ironman fuera el mundial tan cotizado de Kona. Para eso tenía que calificar pero no lo quería hacer haciendo un Ironman (Ideas cuadradas: ¡quería que el primero fuera Kona!). Así que investigué un poco y supe que en ese entonces existían 5 competencias 70.3, o medio Ironman, en las que daban plazas para el mundial. En mi categoría, 30-34 años, tenía que ganar un primer lugar forzoso para poder conseguir una de ellas. La única opción y fecha que quedaba era el 70.3 de Lubbock, Texas, en junio. Como dice la canción de Eminem: ¡one shot, one opportunity!

 

No tenía muchas expectativas, me sentía novata en esto, como si fuera algo nuevo. En realidad, sí era algo nuevo porque esa distancia solo la había hecho una vez en 2002, o sea 9 años atrás. No sabía cómo me iría, me sentía un poco presionada porque solo tenía una oportunidad para calificar, y eso era ahora o nunca. Me traté de tranquilizar al pensar que mis deseos y mi mente sí querían calificar. Con eso del poder de la mente, el secreto es desear algo con todo tu ser para que se haga realidad. Fue mi manera de hacerme autococowash, pero al final de cuentas sería lo que Dios quisiera.

 

Fue una competencia dura. En vez de montañas, existen boquetes. Por lo mismo, el viento nos toco fuerte (40 km/hr), y el calor (42º) fue otro factor importante. Salí de tercera del agua. La bici, que es mi fortaleza en México, se convierte en mi debilidad cuando compito en el extranjero, pero en definitiva, la parte mas importante en las largas distancias es la corrida. No sabes cómo te sentirás corriendo hasta que llevas 100 m. Si te quemas en la bici o le das de más, prácticamente cavas tu propia tumba, así que hay que saber administrarse y conocerse.

 

Por fortuna me sentí fuerte, de pies rápidos, fluida. Comencé con mi juego de mente: pensar que solo son 10 km, y ya que pasen los 10, pensar que ya voy más de la mitad, de regreso, de bajada. Ya no pensaba en qué lugar iba, solo quería resistir, sobrevivir, terminar. Pero cuando veo chavas adelante me motivo a darle, a alcanzarlas. No sé si sean de mi categoría pero quizá el pase a Kona, esta ahí enfrente.

Así fue. Después de rodear el lago, un trepadón, una recta larga que parecía el mismo infierno. El viento seguía, el calor aumentaba y el cansancio se hiba acumulando. En esos momentos, ya solo queda controlar la mente, y le toca a la cabeza cerrar la carrera. Faltando 4 km a la meta, rebaso a la primer lugar de mi categoría. Sigo aumentando el ritmo, no vaya ser que me alcance alguien o que adelante de mí esté otra. Ni siquiera sé en qué lugar voy, no tengo ni idea, solo quiero terminar y cruzar esa meta que costó hasta el alma.

 

El clima fue crucial, una mezcla de infierno con tornados, ya no sé qué estaba peor. Llegando a la meta, estaba una carpa grande que parecía hospital de guerra: todos en camas con sueros y jeringas por todos lados. Cruzaban desfalleciendo, y yo seguía con la incógnita de qué pasaría porque no dan los resultados hasta en la noche, en la cena de premiación, donde tienes que decidir si quieres el pase a Kona, y si no, se lo pasan a la que sigue.

 

Toda la tarde estuve impaciente checando la computadora a cada rato, hasta que por fin, en la tarde pusieron los resultados y vi mi nombre en la primera posición. No lo podía creer. Qué emoción, logré mi meta, gané por 20 segundos y yo ni en cuenta. Conseguí las dos plazas: la del mundial de 70.3 en Las Vegas (septiembre) y la del mundial de Ironman en Kona (octubre). Obviamente acepte las dos, quién sabe cuándo se vuelva a dar esta oportunidad, había que aprovechar.

 

En la cena de premiación, me sentí como en mi boda. Pasé al frente. Me preguntaron por el micrófono que si quería la plaza, y contesté: ¡sí! Yes, I do! Ahora, ¡pásele a la caja a pagar y vaciar la billetera! Pero valió mucho la pena. Como quien dice, son las Olimpiadas de las largas distancias.

 

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